Negligencias comunicacionales

La dificultad de disociar la comunicación de gobierno de la comunicación de campaña, la figura central del presidente y los errores no forzados en la cobertura del covid19 son algunos de los principales matices que presenta la política comunicacional del gobierno.

 Por Matías Enríquez

“No hay política sin comunicación”. La frase se repite en cada curso o seminario en los que se abordan las temáticas de comunicación política o comunicación de gobierno. Es una verdad de perogrullo y hasta parece absurdo repetirlo pero es imprescindible que los gobiernos comuniquen y que lo hagan de la mejor manera posible, en concepto de claridad y eficacia. En las sociedades actuales, donde reina una sobredosis informativa y una hiperconexión que se ha visto acrecentada por estos locos tiempos pandémicos que nos tocan vivir, la información de las fuentes oficiales se han vuelto imprescindibles. Por ende, no puede haber lugar para una comunicación infructuosa y confusa. Aunque a veces la realidad vaya en un andarivel y el relato teórico circule por otro.

A lo largo de la historia argentina, cada gobierno eligió su manera de dirigir la comunicación. En la última década la comunicación de gobierno osciló en una suerte de péndulo entre los innovadores canales tecnológicos, como pueden ser las redes sociales y los medios tradicionales de comunicación, con el riesgo de caer en la ineficacia que hoy conllevan en el actual consumo informativo, dominado por las cámaras de eco y los sesgos cognitivos que transforman los canales en burbujas cerradas que no permiten la apertura de nuevas reflexiones ni fomentan el pensamiento crítico y que solo se alinean con nuestros prejuicios. En definitiva se trata del marco de interpretación que las sociedades modernas tienen desde su consumo respecto de los diferentes medios de comunicación.

Uno de los grandes inconvenientes que atraviesan los equipos de comunicación de los gobiernos en sus primeros años de gestión es disociar lo que es comunicación de gobierno de lo que fue la campaña. Mientras en esta última se procede con una lógica estratégica diferente, en la que las agresiones y los ataques a las gestiones anteriores domina, cuando uno es gobierno tiene otra responsabilidad en la que debe administrar, gestionar y seleccionar qué cosas comunicar y cuales no. Y allí es donde el gobierno pareciera estar fallando, pese a que también debemos comprender la dificultad que implica comunicar una gestión de gobierno y, más aún, en este país y contexto que estamos atravesando.

No obstante, eso no exime de responsabilidad a quienes planifican la comunicación gubernamental nacional y desde los diferentes ministerios. La presencia de una payasa en una conferencia en la que se informan muertes es uno de los tantos ejemplos erróneos del actual gobierno en materia de comunicación (más allá del morbo que dicha decisión conlleva), como también los fallos en las “filminas” -concepto que, como docente, creía desterrado del léxico académico por su antigüedad-, que ocasionaron un efecto dominó en materia de errores no forzados en el plano diplomático. Y allí también podemos ubicar, entre tantos desaciertos, las fallas comunicacionales en el caso Vicentín, en donde llamó poderosamente la atención la poca previsión sobre la resistencia e impacto negativo que dicha medida iba a traer para diferentes sectores de la población.

Una particularidad que asombra del gobierno es la centralidad en la figura del presidente a la hora de comunicar. El hecho de que sea el único vocero desnuda debilidades del resto de los integrantes de su gabinete (como el propio ministro de Salud de la nación) y del frente que gobierna (como el caso del ministro de Salud bonaerense). Su discurso moderado de los primeros meses que encandiló a una gran parte de la población migró hacia un discurso un tanto más político que tiene una doble lectura: por un lado, le da funcionalidad a su gestión y le permite el combate dialéctico contra los opositores; por otro lado, busca seducir a los propios sectores del heterogéneo y vasto espacio político que preside, en donde aún persisten quienes lo miran de reojo.

A diferencia de otras gestiones en América Latina y los Estados Unidos, el presidente no deposita una total confianza en twitter, una red social que supo ser su aliada en la campaña electoral pero en la que constantemente aparecen “carpetazos” por exabruptos de tiempos pasados, que aún siguen siendo motivo de estudio y que, en muchos casos, contradicen sus decisiones actuales. Ambivalencias respecto de la coparticipación federal, posturas que se encuentran en las antípodas respecto de la actual reforma judicial y algunas cuestiones ligadas a las políticas de género son algunos ejemplos que incomodan demasiado.

En materia de atención a los periodistas, es bienvenido que el presidente dialogue con periodistas oficialistas y opositores, aunque haya tenido algunas experiencias que terminaron siendo más perjudiciales que colaborativas. Esas entrevistas con periodistas también desnudaron ciertas falencias en algunos de los periodistas que los entrevistaron, quienes, por diversas razones, eludieron las preguntas que la ciudadanía seguramente quería escuchar. Esa planificación estratégica de concurrir a los medios propios y ajenos también responde a quebrar con ese razonamiento que tiene nuestro ecosistema informativo respecto del alcance que cada uno tiene, cualquiera sea el “lado” del que se lo analice. En una coyuntura tan enmarañada como la que vivimos, comunicar representa una tarea demasiado engorrosa. Aciertos y desaciertos, todo es motivo de crítica. Cualquier cosa se diluye en la grieta que vivimos y de la que no se atisba una salida ponderada.

Matías Enríquez, Licenciado en Comunicación Periodística.