Un nuevo mundial llegó a su fin. Pudimos disfrutarlo hasta el último día, porque nuestra selección llegó a la final, aunque la perdió, y es por eso que por estos días conviven en la mayoría de nosotros sensaciones encontradas. Por un lado, la tristeza y el sinsabor de la derrota en la final y no poder alcanzar la cuarta estrella, por otro lado, la satisfacción de saber que, en el trayecto hasta la final, este equipo nos regaló momentos épicos e inolvidables, con su punto mas alto en la semifinal con Inglaterra.
Cuando algo lindo termina, se produce un vacío. Si además todo termina de una manera desfavorable, especialmente después de haber experimentado emociones intensas, nos invade también la tristeza. Y en eso andamos por estas horas, tratando de asimilar todo lo ocurrido, después de levantarnos esta mañana por primera vez en muchos días sin esa ilusión de saber que jugaba la selección.
Mucho se habló del parecido de este mundial para la Argentina con el de Italia 90, un mundial que con el tiempo se volvió icónico y hasta “de culto”. Vale la pena recordarlo un poco: un equipo con Maradona, que llegaba como campeón del mundo, pero que jugaba mal, que atravesó la fase inicial a duras penas tras perder con Camerún, ganarle a la Unión Soviética y empatar con Rumania, y que aun así, llegó a la final de manera increíble. En octavos le ganó 1 a 0 a Brasil en un partido que fue ampliamente dominado, en cuartos superó por penales a Yugoslavia y en semis al local Italia, con las manos salvadoras de Sergio Goycochea, y enmudeciendo a todo un país, nada más ni nada menos que el país en el que jugaba Maradona. Ya en la final, poco pudo hacer aquella selección dirigida por Carlos Bilardo ante Alemania.
Aquel mundial se volvió “de culto” con el tiempo por varios motivos: los penales salvadores de Goycochea, ese heroico triunfo con Brasil después de haber sido tremendamente superados, el bidón de Branco, Maradona insultando a los italianos que silbaban el himno, el penal en contra que no fue en la final que cobró el árbitro mexicano Edgardo Codesal, otro que si fue para Argentina y que no lo cobró, y la sensación de un equipo que no estaba ni para pasar la primera ronda pero que terminó jugando la final del mundial.
Las similitudes de esta selección con la de Italia 90 se empezaron a escuchar ya en la previa, debido a la gran cantidad de jugadores que no llegaban en condiciones por molestias físicas, más la presencia de Messi y Scaloni como lo fueron 36 años antes las de Maradona y Bilardo. La dificultad de la selección para encontrar su mejor juego pero aun así ganar los partidos y avanzar con mucho sufrimiento hasta la final también motivó la comparación con Italia 90, aunque en esta oportunidad no hubo penales de por medio.
En la final también hubo algunas similitudes: Un equipo que se vio superado por el rival, una expulsión que complicó aun mas las cosas, la de Enzo Fernández, como la de Pedro Monzón en su momento, el resultado (1-0) y las lágrimas de Messi tras el partido como las de Maradona con la medalla de plata colgada.
Yo era chico en aquel momento, pero mis recuerdos de aquel mundial los tengo bien presentes. Y la sensación ayer era muy similar, aun mas de lo que fue, en su momento, la final perdida del 2014. El llegar como campeón defensor y la falta de fútbol en la mayoría de los partidos son los dos puntos de comparación más importantes.
A la hora de analizar el mundial de Argentina hay que decir que, sacando la primera ronda ante rivales muy accesibles (aunque Austria complicó un poco), desde 16avos en adelante nunca apareció el juego y el fútbol de Argentina, salvo hasta los últimos 20 minutos del partido con Inglaterra. Por momentos mereció perder con Cabo Verde, con Egipto y con Suiza, algo impensado. De hecho, en todo el mundial fue exactamente igual: lo mejor de Argentina se vio cuando el equipo estaba en desventaja y no lo quedaba otra que salir a buscar el resultado, pero esto no fue con futbol sino con corazón, garra y empuje. Después, la épica de los triunfos tapaba todo y generaba ilusión, y por eso también el recuerdo de Italia 90. El mejor partido se vio con Inglaterra. Ahí si Argentina mereció ganarlo siempre, aun estando 0-1. Por eso nos ilusionamos tanto de cara a la final.
Y España parece una máquina. No porque pase por encima de sus rivales, sino por lo automatizado de su rendimiento, juegan con la precisión de un reloj en cada toque y en cada búsqueda de espacios en la cancha. Pero no solo es tenencia, también es presión y recuperación. Ayer después de una jugada peligrosa a favor de los europeos, pasaban en la tele la repetición y cuando volvía la transmisión al vivo, otra vez España tenía la pelota cerca del área Argentina. La única crítica que se les puede hacer es que muchas veces juegan un futbol sin arcos, pero ayer dieron cátedra de técnica y juego en equipo aceitado.
De todas maneras, nada que reprocharle a esta selección, pero en algún momento se deberá evaluar que fue lo que pasó en la final, en la que Argentina no pateó al arco en todo el partido. Nunca habían borrado de la cancha así a un equipo de Scaloni desde que se hizo cargo de las riendas tras Rusia 2018. Nunca hubo tantas diferencias futbolísticas entre dos selecciones en una final. Hicimos muy poco por ganar, solo defendernos. ¿falló el planteó? ¿merito del rival que nos anuló? ¿pesó el cansancio? Quizás un poco de todo. Esa es quizás la sensación mas triste que nos queda: fue un partido totalmente descolgado de lo que fue el ciclo Scaloni. Aun así, insisto, nada para reprochar.
Se fue un mundial muy lindo y emotivo, con buenos partidos, grandes equipos, resultados sorpresivos, muchos goles y estrellas que no defraudaron. A los Argentinos nos dejó, otra vez, muchos días de ilusión y alegría, momentos épicos como las victorias ante Egipto y especialmente, Inglaterra, y también esto de encolumnarnos detrás de una misma causa, algo que solo pasa en los mundiales y quizás en ningún otro lugar ni momento ni ocasión más. Con el tiempo, pasada la tristeza de la final, seguramente nos quedará un muy buen sabor de boca de este Mundial.


