El club del monólogo

El actual contexto favorece la propagación del rumor y la falsedad porque son muchos los individuos con visiones mas polarizadas que se vuelven propensos a creer en contenidos desinformativos.

 Por Matías Enríquez

“¿Cómo se combate la desinformación? No propagándola más”. La respuesta resulta más sencilla de lo que uno imagina y la brindó el periodista Roberto Escardó en la capacitación contra la desinformación que brindó FOPEA a periodistas y personas interesadas en esta “otra pandemia”, a mediados del mes de mayo.

La primera aproximación a la simple pero original respuesta que brinda el colega parece absurda e incluso hasta obvia pero así y todo es necesario ahondar en ella si es que en verdad queremos poner fin de una buena vez a la desinformación. Ante la duda de un mensaje siempre es imprescindible la verificación antes de su reenvío. Solo así nos vamos a poner en campaña realmente para cortar con esta “infodemia”. Es que, en ese sentido, nadie duda de la buena voluntad de quienes envían los mensajes en nuestros grupos más cerrados pero aún así el rastreo en los diferentes sitios de búsquedas son indispensables para cortar con la cadena del mensaje falso en las redes y los servicios de mensajería. Si no hay tiempo, lo cual es comprensible en estos tiempos complementarios de tareas del hogar, virtualidad y pseudoencierro, debemos tratar de verificar el contenido en algunas de las agencias de fact-checking que tanto esfuerzo hacen para erradicar la desinformación. Y si alguna de éstas les generan dudas, buscar por motus propio o, en su defecto, no reenviar los mensajes dudosos.

Libertad de expresión, posverdad, discurso del odio y otras amenazas en la era de la información

Pero existe otro aspecto en el que poco reparamos sobre este fenómeno tan particular, que está intrínsecamente vinculado a nuestra actitud ante las noticias y nuestra pendular postura frente a la verdad. En tiempos de incertidumbre consumimos más información de lo habitual y necesitamos buscar la seguridad en nuestros grupos más cerrados como amigos, familiares, compañeros, etc. En ese tsunami informativo que se ve potenciado por las nuevas tecnologías coqueteamos con mayor asiduidad con la mentira y los contenidos falsos que nos interpelan cuando éstos no van en sintonía con nuestros sesgos y prejuicios. Entonces “existe la verdad y la verdad”, como dice el personaje Lionel Hutz (el abogado devenido en corredor inmobiliario) a Marge en la serie Los Simpsons, hoy transformado en uno de los memes más gráficos para describir la actualidad argentina.

El periodismo y la desinformación en tiempos de cólera

Todo eso va in crescendo con la polarización en la que estamos inmersos, donde la propia temperatura social nos impide tomar una postura intermedia, en donde lo blanco y lo negro no aceptan grises. Este clima es propicio para que el rumor y la falsedad se propaguen fácilmente pero también para que los individuos con visiones mas radicalizadas y polarizadas se vuelvan más propensos a creer en contenidos desinformativos, siempre y cuando éstos vayan en sinergia con sus creencias preexistentes. Si a esto le agregamos la incertidumbre pre electoral, el cocktail es explosivo.

Esa negación de la realidad y censura al sentido común, nos adentra en esta suerte de “club del monólogo”, un espacio ficticio en el que vivimos y que está muy arraigado a nuestra forma de pensar actualmente. Este pensamiento hermético que a veces hacemos público y a veces no, nos desnuda dentro de una lógica unidireccional en donde el dialogo interno a veces es despojado de honestidad intelectual, esquivando la verdad y amoldándose a “la otra verdad” que uno mismo se cree o quiere creerse. En este club se aplica el derecho de admisión al pensamiento externo y aquel que dice que tal cosa es blanco o gris a aquello que nosotros vemos como negro queda inmediatamente suspendido.

El poder de la mentira

De lado esta funesta institución, es interesante recalcar que los principales motivos por los cuales compartimos los contenidos desinformativos están vinculados a cuestiones un tanto ridículas como una falsa sensación de poder e influencia o de incremento del autoestima porque, a pesar de no ser periodistas (o si serlo), nos seduce ser quienes tenemos las primicias y las hacemos públicas en nuestras esferas de influencia. Y en esa voracidad por la primicia, muchas veces más orientada a las noticias con las que nos sentimos “cómodos”, también caemos en una falsedad que puede hacer mucho más daño del que creemos.